El canto gregoriano es el canto propio de la liturgia católica según el rito romano. Cuando terminaron las persecuciones por parte del Imperio Romano, la Iglesia tuvo oportunidad de desarrollar su culto fuera de la clandestinidad, y eso permitió que surgieran ordenaciones litúrgicas más elaboradas, incluyendo el canto. Florecieron ritos litúrgicos en distintos lugares, cada uno en el idioma local. En occidente hubo varios (todos en latín), como el hispano-visigótico (con centro en la catedral de Toledo), el Beneventano (sur de Italia), el ambrosiano (norte de Italia, con centro en Milán), el franco o galicano (Lyon, Tours, Narbona), y otros más que apenas han dejado rastro en la historia.

También en Roma, la sede episcopal principal de la Cristiandad, surgió una liturgia. El repertorio musical de la iglesia de Roma, como el de las otras liturgias, quedó más o menos fijado entre los siglos V y VI.

A mediados del siglo VIII El rey de los francos, Pipino el Breve (padre de Carlomagno) decidió implantar el rito romano en su reino, con el deseo de que sirviese como factor de unidad. Recuérdese por otra parte que el rito romano gozaba del especial prestigio de la iglesia de Roma, por haber sido fundada y dirigida al principio por San Pedro y San Pablo. Se pidieron los libros litúrgicos a Roma, pero en ellos sólo estaba escrito el texto, no las melodías, porque no existía notación musical. De modo que, para aprender las melodías (que eran parte del rito en sí mismo, algo que hoy nos cuesta más entender), era necesario aprenderlas de los cantores romanos, que las sabían de memoria.

En la segunda mitad del siglo VIII, en algún lugar entre el Sena y el Rhin, quizá en la zona de Metz, se dio el encuentro entre los cantores romanos y francos. Los francos adoptaron los textos romanos y aprendieron sus melodías, pero les añadieron ornamentaciones según el estilo franco. Los francos habían recibido el Evangelio desde Oriente (pensemos en San Ireneo de Lyon, discípulo de San Juan Evangelista). Por ello su liturgia se parecía más a las orientales que a la romana, y lo mismo su canto.

El canto gregoriano es el resultado de la fusión entre los textos y la sobria estructura melódica de los cantos romanos con la luminosa ornamentación aportada por los francos. A esto hay que añadir el elevado nivel cultural en que se dio esta fusión. El reino franco estaba formado por bárbaros, es decir, por gentes que no habían tenido como suya la civilización greco-romana pero que le profesaban una grandísima estima, lo que les llevó a cultivar la lengua latina con el mayor esmero. El canto gregoriano surgido en aquellas tierras es superior, tanto en lo puramente musical como en la calidad de expresión del texto latino, con respecto a los repertorios anteriores de los que se han conservado melodías (romano antiguo y ambrosiano, principalmente1).

1 Daniel Saulnier: «Session de chant grégorien», Session inter-monastique, n-d de maylis, 2005.